Aquí, la palabra piedad no tiene el sentido de misericordia, como cuando decimos: "Señor, ten misericordia de nosotros." Aquí, piedad significa devoción, afecto hacia, entrega a alguien.
La piedad rige las relaciones de los inferiores con los superiores: de los hijos para con los padres, de los ciudadanos para con la Patria; de los miembros de la Iglesia para con ésta, que es Madre y Maestra. Además:
Arregla todas nuestras relaciones hacia los demás, con un ánimo agradable.
Nos hace mirar a Dios como nuestro Padre.
Exige que agradezcamos a nuestros padres por los beneficios recibidos.
Nos hace sentir cariño hacia Dios, y nos da hacia Él un cariño filial.
Nos hace decir: "Te damos gracias por tu inmensa gloria."
Nos hace velar por su honor, ofrecerle todo lo que podamos para que acreciente su Gloria ante nosotros y ante todos.
San Ignacio de Loyola reflejaba el Don de Piedad, en su famoso lema: "A mayor Gloria de Dios."
Nos hace sentir un interés cariñoso por nuestros padres y hermanos, por nuestros familiares y por toda la gente. Nos hace ver que todos somos hermanos e hijos de Dios.
Nos hace generosos para buscar la Gloria de Dios.
Por este Don nos entregamos a Dios sin reserva, y nos dedicamos con entusiasmo al apostolado.
Nos da inmensa confianza en Dios y nos hace entregarnos a Él de manera total.
Con respecto a los demás, hay tres grados: Las personas se comunican con los demás con generosidad; dan a los demás hasta lo que les es necesario a ellos mismos; llegan a entregarse sin reserva por ellos (sacerdotes y religiosos).
San Pablo decía a sus fieles que daría con gusto todo por ellos, y se gastaría a sí mismo por sus almas.
Este don es muy bello, y al conocerlo nosotros, se cumple lo que dijo San Pablo: "Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios." (Corintios 2:11) |