Después de la de Jesús, la cruz de la Virgen María fue la más pesada. A ella le tocaba ser la principal colaboradora en Jesús en la obra de la redención; por eso mismo le tocaba también estar más cerca de la cruz de Jesús. A la Virgen María se le pidió su aceptación en el misterioso plan de Dios. Ella dijo: "Que se haga en mí según su palabra." María tomó voluntariamente la pesada cruz que Dios le encomendaba, como la Madre de Cristo.
El Magnificat de María sintetiza su pensamiento con respecto al plan de Dios: ella ve la mano de Dios en todos los acontecimientos y por eso su alma glorifica al Señor su Dios. María no está para interpelar a Dios. Ella se ha declarado la esclava del Señor: está para obedecer en todo.
Se parece mucho a José en las pocas palabras que pronuncia en el Evangelio. Más que para hablar, María está para obedecer. Ella está para conservar todas las cosas en su corazón y para darles vuelta hasta que el enigma de Dios vaya dejando de ser tan oscuro.