Vuelvo al tema de la pertenencia de Jesús a la familia de David. Si esto sucedió a través de José, se trata sólo de pertenencia jurídica, formal, no de sangre. ¿Basta eso para cumplir las profecías?
A nosotros nos puede parecer poco, porque hemos mezclado a las profecías nuestras interpretaciones y expectativas. Las profecías mesiánicas son a menudo muy genéricas, oscuras hasta su cumplimiento, respecto al cual Dios se reserva la más amplia libertad de acción, sorprendiéndonos a menudo por el modo: que es conforme a su voluntad y no a nuestras expectativas. He aquí el por qué las previsiones humanas son superadas por las realizaciones divinas. ¿Quién, además, habría podido imaginar que el Mesías prometido sería el Hijo de Dios encarnado? Es claro que esta "descendencia" sale completamente fuera de los esquemas humanos.
En particular, mirando a la promesa hecha a David por medio del profeta Natán, se habla de una casa estable en la presencia de Dios, de un reino que durará siempre, de un trono firme en la eternidad. El primer pensamiento que surge es que se trata de una dinastía real que se prolongará por tiempo indeterminado. En cambio, dicha dinastía terminó con la deportación a Babilonia. Al regreso del destierro, encontramos un personaje que tiene todavía un papel de gran importancia política: se trata de Zorobabel, quien pertenece a la casa de David. Pero es la última persona relevante de esta familia; y nos encontramos todavía aproximadamente 500 años antes de Cristo.
Posteriormente, precisamente cuando la casa de David no contaba ya nada, las palabras de Natán fueron recibiendo cada vez más una interpretación mesiánica, como lo atestigua el libro de Crónicas. Además, se mezclaron a ella las expectativas socio-políticas, que no han ayudado sin duda a la obra del Mesías. Podemos concluir que Dios se actuado sus promesas, pero de una manera totalmente imprevisible y que no está de acuerdo a las ideas humanas. Este aspecto repercute también en la elección del vínculo particular que ha unido al Mesías a David. Aconsejo, a quien quiera profundizar: "Los Evangelios de la Infancia de Cristo", de René Laurentin.