El examen cotidiano es el continuo ejercicio de este proceso de discernimiento. Es captar, día a día, la obra del Señor en nosotros. Es irnos abriendo, cada vez más, a sus insinuaciones. No es tango para saber si hicimos bien o mal (habrá también que revisarlo) pero, principalmente el examen tendrá en cuenta el por qué (causas, razones) llegamos a hacer el mal, cómo nos dejamos seducir por un engaño y como, en cambio, nos cerramos a la fuerza del Señor que sí sentimos, pero no quisimos entender.
Es el momento para ser testigos de la obra que realiza el Padre en nosotros gracias a la acción del Espíritu para configurarnos con el Hijo. Se trata de ir descubriendo el modo como Él quiere que conduzcamos nuestra vida y que nos asemeja a Jesús de manera diferente a cada uno.