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El Don de Consejo
 
 

Todos sabemos lo que es un consejo, pedir un consejo, aconsejar. El consejo, como Don del Espíritu Santo tiene dos modalidades en nosotros.

En primer lugar, supone que es una iluminación que orienta nuestra propia vida hacia un recto vivir, un prudente actuar, un acertado convivir y un amar rectamente a Dios.

En segundo lugar, el Don de Consejo se dirige al bien de los demás, y supone sabiduría, prudencia, conocimiento de las cosas, habilidad para interpretar circunstancias, inteligencia, amor al prójimo, facilidad para expresarnos y comunicarnos con los demás, deseos de servir al projimo, intencion de realizar una meta hacia nosotros y hacia los demas. Éste es un don precioso.

Y aquí podemos observar cómo los dones del Espíritu Santo tienen una finalidad social muy intensa: llevarnos a nosotros y al prójimo hacia Dios.

El Don de Consejo supone los dones de Entendimiento, de Ciencia y de Sabiduría; y también los de Piedad y Temor de Dios. El Don de Fortaleza es el sustento anímico de todos los otros dones.

Lo bello de estos dones es que se interaccionan entre sí para darle al ser humano una armonía preciosa.

Todos, en la vida, hemos necesitado del consejo de alguien. Y pedimos consejos para mil cosas, en el campo financiero, político, social, escolar, familiar, personal, etc.

Pero lo más importante del consejo, no es que nos digan que hagamos esto o aquello, sino que nos amplíen nuestro panorama intelectual para que podamos decidir lo que debemos hacer, lo que tenemos que hacer.

Muchas veces nosotros tenemos que dar consejos. Y entonces tenemos que acudir a todo lo mejor de nosotros para explicar a los demás los pros y los contras de una decisión, de tomar una actitud, de emprender una tarea.

Nosotros tenemos que empezar por ser consejeros de nosotros mismos. Se supone que Dios, a través de ese don, nos da la oportunidad de dirigir nuestra alma en el sentido de Él, y nos da la prudencia necesaria para tomar decisiones con respecto a nuestra propia salvación. El Espíritu Santo se convierte en guía, y nos indica el camino. Pero, como decía San Agustín, "Dios, que te creó a ti, sin ti, no te salvará a ti, sin ti."

El Don del Consejo no pretenderá hacernos ricos, sino en darnos la prudencia necesaria para seguir adecuadamente el camino de Dios, según sea yo, en mis circunstancias, en mi personal modo de ser, en mi ambiente y mi tiempo histórico, en mi herencia y en mi realidad total.

Si nosotros seguimos la guía del Espíritu Santo, pronto advertiremos que podemos seguir un camino muy seguro porque podremos discernir lo que sobrenaturalmente debemos hacer. En otras palabras, el Don de Consejo que nos da el Espíritu Santo no quiere decir que seremos extraordinarios consejeros de otros, (eso se supone como consecuencia si nosotros vivimos ese don), sino en seguir las indicaciones de Dios sobre la vida sobrenatural.

Aquí, un hermoso pasaje de Jesús, consejero y pastor:

"Entre los fariseos había un personaje judío llamado Nicodemo. Éste fue de noche a ver a Jesús, y le dijo: 'Rabbi, nosotros sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer señales milagrosas como las que Tú haces, a no ser que Dios este con él.'

Jesús le contestó: 'En verdad te digo, nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo, de arriba.'

Nicodemo le dijo: '¿Cómo renacerá el hombre ya viejo? ¿Quién volverá al seno de su madre para nacer de nuevo?'

Jesús le contestó: 'En verdad te dijo, el que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es espíritu. Por eso no te extrañes de que te haya dicho: necesitas nacer de nuevo, de arriba.

El viento sopla donde quiere, y tu oyes su silbido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así le sucede al que ha nacido del Espíritu.'

Nicodemo volvió a preguntar: '¿Cómo puede ser esto?' Respondió Jesús: 'Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes esto?

En verdad te digo, nosotros hablamos de lo que sabemos, y venimos a proclamar lo que hemos visto, pero ustedes no hacen caso de nuestro testimonio. Ahora les hablo de cosas de la tierra, y no me creen. ¿Cómo van a creer si les hablo de cosas del Cielo? Sin embargo, nadie ha subido al Cielo, sino el que ha bajado del Cielo: el Hijo del Hombre.'" (Juan 3:1-23)

Indudablemente, cuando Jesús aconsejaba a alguien o instruía a alguien, ese alguien muchas veces no entendía lo que Jesús quería decir. Jesús, sin embargo, dejó su enseñanza, y dejó que llegara la luz del Espíritu Santo a iluminar las almas y los espíritus de las gentes.

Es bella la comparación que hace Jesús cuando dice que el Espíritu Santo es como el viento y su murmullo. Efectivamente, así llega a nosotros el Espíritu Santo.

 

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